domingo, 13 de mayo de 2012

Las palabras muertas

"Cuando la gente empieza a dejar de nombrarse quiere decir que ha aceptado la realidad. Llamar por el nombre propio a alguien, sobre todo a alguien ausente, es un acto de sublevación contra el mundo y el olvido; significa el rechazo al curso de las cosas, significa el repudio a la muerte, y por lo tanto, la negación del tiempo. Por es necesario nombrar a los muertos, a los ausentes. "


César Alfam, Historia del polvo



viernes, 17 de febrero de 2012



Al profesor Möbius se le acaban las reservas de cereales y cerveza, así que sale a buscar trabajo. El señor entrevistador le pregunta qué sabe hacer. Möbius toma un papel y escribe una fórmula matemática que se traduce como: soy patafísico ejemplar, toco el violín y hablo en sueños. El señor entrevistador, idiógrafo jurista con aspiraciones inmortales, dice que eso no es suficiente, que la patafísica está superada, dice, que el violín ya no está de moda, dice, y que necesita alguien que haya conocido a un tal señor Aristóteles.
El profesor Möbius para entonces se ha quedado dormido, y el Möbius onírico le dice: todo es culpa tuya, debiste quedarte en casa a hacer grullas de papiroflexia. Quién te manda.

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jueves, 9 de febrero de 2012

jueves, 26 de enero de 2012

de Historia del polvo, (Carlos Alfam)






"El día de mi cumpleaños, el tío León decidió internarse en el manicomio. Es inevitable, dijo, se llama herencia. Igual que las cosas que se dejan en un testamento. La abuela tiene uno. Como no me dio regalo, agarré un par de cuadernos del montón que guarda en su armario. Tienen tapas suaves color vino, y unos broches plateados garigoleados muy bonitos. Me gusta el olor que sale cuando los abres. Además, si lo haces frente a una ventana donde pegue el sol, como en la recámara de mi primo, se puede ver que de las libretas sale polvo; y si las cierras de golpe, el polvo se espanta y se va hacia arriba, aunque segundos después vuelve a tomar su camino y hace como si tú nunca hubieras estado ahí y sigue cayendo lentamente. En realidad agarré más de un par de libretas, pero de todos modos, la última apenas estaba empezada y no olía tan bien ni soltaba polvo. Sólo había entre las páginas unos mapas viejos muy doblados, junto con una cinta que decía: “cigarros Raleigh”, y una foto en la que no aparezco porque aún no había nacido. De mi familia yo fui el último en nacer. Hasta en eso se me hizo tarde.
            Entonces, cuando ese día mi tío se fue al sanatorio, mamá dijo:
—Es que la memoria de mi cuñado es tan prodigiosa que nunca olvida un rostro o nombre. Es para volverse loco.
Mi tío pasaba gran parte del fin de semana dentro del baño repasando páginas de libros que había leído y se ponía a hacer enumeraciones mentales; luego, antes de imaginarse nada, juntaba muchas oraciones e inventaba lugares. Al final salía con cara de héroe triunfal y decía que tal o cual calle o ciudad era así, y comenzaba a describirla. Él aseguraba que era un ejercicio para poner la mente en blanco, porque primero ve uno las cosas en su cabeza y luego intenta describirlas, mientras que él hacía lo contrario, primero buscaba palabras tratando de no pensar en la cosa que le correspondía, y así armaba paisajes. Claro que a veces resultaban lugares muy extraños. Como la vez que salió del baño y declaró: “En Alfama los callejones dentífricos están pisados por la piedra pulida que pusieron los marineros con los restos que trajeron desde los países conquistados, y si miras hacia arriba ves que en los balcones cuelga ropa lamida y contracultural mirando airosamente hacia el centro del río. Una anciana escolta aguzadamente el paso del tranvía que baja carretoneando por las escaleras de turistas. El hombre mira el tajo con fotografía en mano.” Mi tía Rosario torcía la boca y hacía cara de fastidio. Vilmar decía: ¡Claro! “dentífricos” porque las piedras de la banqueta parecen dientes acabados de cepillar. Todo mundo asentía. Y cuando a mamá le tocaba uno de estos episodios, ella era la única que no decía nada al final. Se quedaba ahí hasta que todos se iban y luego se levantaba sin hacer ruido.
A mamá casi todo le parece un prodigio: la inteligencia de mi hermana, el talento de Sergio para la limpieza, el olfato de mi abuela, la seriedad de mi primo Vilmar y la delicadeza de Susana, siempre parece a punto de quebrarse. Mamá no entiende por qué me gusta el atlas o comerme la mostaza en la palma de la mano, también eso la sorprende. Luego le pregunta a Ada si sabe por qué algunas veces me quedo callado y otras hablo mucho, pero sólo lo hace para despistar y hacer como que no se entera de nada. A mamá también le gusta volverse invisible, por eso nos llevamos bien, por eso sé que ella sabe la respuesta de todas las cosas que pregunta y en el fondo, es como si nada en este mundo lograra sorprenderla, como si todo eso fuera pura actuación, yo no sé. Mamá es un gran misterio. Creo que lo único que verdaderamente le parece un prodigio es su propia invisibilidad. Ella lo ve todo pero se enorgullece de que nadie la vea cuando ella así lo desea.
La gente que se queda callada es porque no entiende nada, o porque es la única que entiende de verdad. Pero los silencios son distintos y hay que aprender a reconocerlos; el de mamá es el que entiende todo, el mío es el otro. En ese caso, lo mismo da no decir nada o decir muchas tonterías. Por eso a veces cuando me preguntan algo no respondo y otras interrumpo para hablar de cualquier cosa que no tiene que ver con nada. "


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sábado, 14 de enero de 2012



Cuando la gente empieza a hacer preguntas

es hora de irse

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domingo, 4 de diciembre de 2011

maleta de viaje






se debería llevar de viaje tan sólo una maleta vacía para traerla llena de piedras, boletos de tren, postales que no se tuvo tiempo de enviar y mapas de las ciudades desconocidas

un sombrero


y unos zapatos con las suelas comidas por el frío y la carretera.

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